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Inteligencia artificial: Normalización, Crítica e Insurgencia

Abre la puerta, HAL

 

 

 

Dar con cualquier asistente virtual para resolver un trámite constituye un desafío. Es como si tuviéramos enfrente a un semianalfabeto que habla nuestro idioma pero que todavía no puede procesar el significado del mensaje. Solo ofrecernos una serie de posibilidades básicas, un múltiple choice para que tildemos la opción pertinente y seguir la “conversación”. Como es de esperar, la mayoría de las veces el problema no está contemplado en la lista. Se produce entonces un choque de voluntades: nosotros presionando la palabra “operador humano” y la máquina insistiendo con el remanido “antes de pasarte con un operador, me gustaría que me indiques cuál es tu problema”. El ciclo promete tornarse infinito, hasta que uno de los dos cede. A esto le sumamos que tampoco es sencillo el trámite de “validación digital” (el rostro que tiene que obedecer ciertas órdenes para comprobar que ahí hay un humano, que somos nosotros) porque no todas la cámaras leen bien; los token bancarios y la caída de los sitios; los pasaportes con datos biométricos que son rechazados en aeropuertos porque el lector no consigue identificarlos; el robo de identidad, gracias a los datos servidos en bandejas digitales, etc.

La mesiánica pretensión de que alguna vez esa IA podrá no solo contener el saber universal sino reproducir el sistema de pensamiento del cerebro humano, y superarlo claro está, todavía parece ciencia ficción. Bastante peligrosa por cierto. El riesgo, sin embargo, no radica en su posibilidad sino en lo contrario, en las estrategias para simular el éxito de dicha empresa. Asumir que se logró el objetivo significaría que ese pensamiento humano debió ser normalizado previamente, eliminando y silenciando a aquellas mentes que escapan de entramados, redes y montajes mundiales. Las respuestas que nos lanzan los chatbots, una supuesta síntesis de lo encontrado en la internet, en lenguaje sencillo, como para que la entienda el “común” de las personas, se complementan perfectamente con los asistentes virtuales que informan con datos objetivos y demostrables tanto la cercanía de un hospital, si está lloviendo cerca de nuestra casa así como los recordatorios de tareas cotidianas. Esto, llevado a todos los campos de la cultura humana, va generando la ilusión de verosimilitud. Y a la vez, va domesticando al cerebro humano hacia un terreno peligroso para cualquier músculo que necesita de actividad propia: la comodidad, el relegar en ese “otro” la dura tarea de pensar.

Como es habitual en todo capitalismo (no importa que fuera financiero o tecnológico, la estrategia siempre es la misma), sus mismos portavoces y producciones informan de estos peligros y clasifican las variantes de la IA en “amigable” o “fuerte”, mientras saturan la cotidianeidad con las bondades de aquella comodidad. Explotando de paso el tan humano deseo de estar a la moda y no quedar como un nostálgico del pasado que vitupera el progreso. Advertir del peligro en forma teórica no tiene chance alguna contra la producción desmesurada tanto de artefactos como de “adelantos e innovaciones” diarias. Entonces, a las innegables ventajas que, por ejemplo, se pueden apreciar en el terreno de la salud para la comprensión del cuerpo humano, se mezclan la posibilidad de que una enfermedad mental sea tratada en línea por un robot, de recomendar un medicamento con los pocos datos que ofrece el ocasional consultor o de crear artificialmente libros para la educación inicial.

La xenofobia en ascenso (la persecución del extranjero es una constante a toda pretensión de hegemonía, puesto que suele ser la figura disruptiva para el concepto domesticador de “nación”); la hostilidad hacia obras universales del arte y de la cultura (ya fuera porque “la mujer no es un objeto” y hay que vandalizar aquellas donde aparece desnuda; ya fuera porque tal artista o pensador no se rigió por las reglas morales de la época actual) son apenas ejemplos de que la cultura occidental, así como la entendemos, constituye un peligro por su elemento fundacional: el pensamiento crítico a través del arte y la filosofía. El gran perseguido o el nuevo ateo de esta época no será el que predique contra los peligros de la tecnología: será aquel que consiga abrir la puerta, con recursos de un cerebro bien humano, y desmantelar cualquier tecnología que intente dejarlo afuera. Una insurgencia que no dudamos brotará tal vez de los lugares más impensados.

Redacción Revista Contratiempo, Enero 2026

 
 

 

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